El cine emergente en Durango no requiere alfombras rojas ni grandes escenarios; necesita espacios reales donde las nuevas voces puedan expresarse. Detrás de cada película independiente hay años de esfuerzo, inversión económica y sacrificios personales que rara vez reciben el reconocimiento merecido. Cuando un festival cierra sus puertas a esas propuestas, no solo decepciona a los realizadores, sino que empobrece al cine mexicano en su conjunto. La cultura no se edifica con nombres consagrados; se construye con voces frescas que requieren oportunidades para surgir.
La experiencia del equipo de la película "Volar y otros deseos" en el Festival de Cine Mexicano Dolores del Río evidencia un problema estructural en el ecosistema cultural de Durango. A pesar de la calidad del trabajo y del esfuerzo invertido, los realizadores se enfrentaron a la falta de espacios y al escaso respaldo institucional, lo que refleja una realidad que se repite año tras año para los creadores locales.
De acuerdo con datos del INEGI, Durango padece un rezago cultural significativo: apenas 1,200 artistas se encuentran registrados formalmente, existen entre 25 y 30 asociaciones civiles dedicadas a la cultura, y el presupuesto anual destinado al sector asciende a unos 50 millones de pesos, una cifra insuficiente para cubrir todos los rubros. Esta limitación económica restringe el desarrollo de actividades artísticas y dificulta que los creadores accedan a espacios, materiales y apoyos económicos.
En la entidad se organizan entre 5 y 6 festivales de artes plásticas, de 8 a 10 musicales y de 3 a 4 eventos multidisciplinarios al año. Sin embargo, cuando los artistas locales se acercan a solicitar apoyo o escenarios para presentar su trabajo, con frecuencia reciben negativas sin una explicación clara, lo que genera frustración y desaliento. Esta falta de transparencia en la asignación de recursos y espacios es uno de los principales obstáculos que enfrentan los creadores.

Se requiere más apoyo.
Especialistas y artistas coinciden en que se requiere un aumento sustancial del presupuesto cultural, la rehabilitación de los espacios existentes y políticas públicas que fomenten la participación de los creadores locales en festivales y eventos. Además, señalan que cuando finalmente se logra acceder a un espacio, se exige a los artistas seguir directrices específicas que muchas veces limitan su libertad creativa, lo que provoca desinterés y alejamiento de las convocatorias institucionales.
El rezago cultural no solo afecta a los artistas, sino también a la ciudadanía, que ve reducida su oferta de actividades y expresiones artísticas. Sin un cambio estructural que garantice presupuesto suficiente, espacios dignos y reglas claras, el ecosistema cultural de Durango seguirá postergado, desperdiciando el talento local y privando a la sociedad de una vida cultural plena y diversa.