Con la llegada del temporal, las lluvias no solo incrementan la posibilidad de inundaciones en el Área Metropolitana de Guadalajara (AMG), sino que también elevan el riesgo de hundimientos, socavones y deslaves en distintas zonas de la ciudad, fenómenos relacionados tanto con el deterioro de la infraestructura urbana como con décadas de crecimiento desordenado.
El Plan de Ordenamiento Territorial Metropolitano (POTmet) y el Inventario de Peligros Metropolitano identifican dos amenazas principales durante la temporada de lluvias: la inestabilidad de laderas y los procesos de subsidencia del terreno, ambos agravados por la urbanización sobre zonas inadecuadas y el envejecimiento de las redes hidráulicas.
En el caso de los hundimientos, el Inventario de Peligros documenta 2 mil 693 eventos registrados desde 2010 en la metrópoli, la mayoría asociados a fallas en las redes de agua potable y alcantarillado, cuya vida útil ha sido rebasada en numerosos sectores de la ciudad.
Las fugas constantes provocadas por tuberías deterioradas favorecen el lavado del subsuelo y, al mismo tiempo, obligan a incrementar la extracción de agua de los acuíferos para compensar las pérdidas, acelerando los procesos de subsidencia.
Los especialistas advierten que existen colonias donde históricamente se presentan socavones, como Jardines Alcalde, Atemajac y Alcalde Barranquitas, mientras que otras zonas comienzan a mostrar condiciones de vulnerabilidad debido a la intensa urbanización reciente.

Además de las redes hidráulicas deterioradas, el riesgo aumenta en colonias edificadas sobre antiguos rellenos, bancos de materiales o zonas pantanosas. El mapa de riesgos metropolitano identifica áreas vulnerables en Tonalá, El Salto, Tlaquepaque, el norte de Zapopan, Tesistán y El Bajío, así como barrancos rellenados para permitir el desarrollo urbano.
El otro fenómeno que se intensifica durante las lluvias es la inestabilidad de laderas. El POTmet advierte que los deslizamientos suelen ocurrir cuando las precipitaciones coinciden con terrenos previamente debilitados por incendios forestales, tala de vegetación o intervenciones constructivas inadecuadas.
Las pendientes superiores al 30 por ciento (equivalentes a una inclinación cercana a 17 grados) son consideradas no aptas para el desarrollo urbano, tanto por el peligro que representan como por los elevados costos que implica estabilizar el terreno.
Entre las zonas de mayor susceptibilidad destacan el Cerro del Cuatro, Cerro del Tesoro, los alrededores de Bugambilias, El Palomar, Lomas de la Primavera, la Barranca del Río Santiago y diversas áreas del Colli, donde la erosión ha generado profundas cárcavas.
Incluso en pendientes moderadas pueden registrarse deslizamientos cuando las obras de urbanización alteran el equilibrio natural del terreno o cuando la pérdida de vegetación reduce la capacidad del suelo para absorber el agua.
El diagnóstico del Imeplan documenta varios antecedentes que ilustran estos riesgos. En junio de 2011, un flujo de lodo afectó la población de San Miguel Cuyutlán tras lluvias intensas sobre un terreno previamente erosionado por incendios forestales. Cinco años después, en octubre de 2016, colapsó un muro de contención en el fraccionamiento Las Terrazas, en San Pedro Tlaquepaque, provocando el desplazamiento de tierra sobre varias viviendas debido a deficiencias en la urbanización del terreno. Otro caso ocurrió en la colonia Miravalle, donde 14 viviendas sufrieron daños durante trabajos de repavimentación realizados en plena temporada de lluvias, cuando la erosión provocó el colapso de fachadas y cocheras.
La Barranca del Río Santiago permanece como una de las zonas con mayor nivel de riesgo por remoción de masas. De hecho, previo al temporal de 2022, el Imeplan emitió apercibimientos a viviendas ubicadas en ese sector ante la posibilidad de deslizamientos.