El crecimiento de la población, la expansión urbana y las restricciones para incorporar nuevas tierras agrícolas están llevando al mundo a buscar mayores rendimientos en las superficies cultivadas, mediante tecnología, un uso más eficiente de los recursos y una mayor disponibilidad de insumos agrícolas.
Ante el crecimiento de la demanda mundial de alimentos y las crecientes limitaciones de tierra y agua, la productividad agrícola se perfila como uno de los principales desafíos para las próximas décadas. De acuerdo con las perspectivas de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) y la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), la producción agrícola y pesquera mundial crecerá alrededor de 14% entre 2025 y 2034, impulsada principalmente por mejoras en la productividad. El reto consiste en abastecer a una población en aumento sin depender de una expansión proporcional de la superficie cultivada.
La demanda de alimentos presiona al sector agrícola
Durante décadas, el crecimiento de la producción agrícola estuvo vinculado a la expansión de la frontera agrícola, es decir, a la incorporación de nuevas tierras al cultivo. Sin embargo, ese modelo enfrenta cada vez mayores restricciones económicas, ambientales y territoriales.
La población mundial supera los 8 mil 300 millones de personas y las proyecciones de las Naciones Unidas anticipan que continuará creciendo durante las próximas décadas. Al mismo tiempo, la urbanización avanza, los recursos hídricos enfrentan una presión creciente y la disponibilidad de nuevas tierras aptas para la agricultura es limitada.
Este escenario ha colocado la seguridad alimentaria en el centro de las agendas de gobiernos, organismos multilaterales y mercados internacionales. La discusión ya no se limita a cuánto terreno puede incorporarse a la producción, sino a cómo obtener más alimentos a partir de las superficies disponibles y con un uso más eficiente de los recursos.
Las perspectivas agrícolas de la OCDE y la FAO para el periodo 2025-2034 apuntan en esa dirección: una parte importante del crecimiento de la oferta mundial dependerá de los avances en los rendimientos y la eficiencia de los sistemas productivos.
La productividad, la nueva frontera agrícola
El cambio de enfoque ha impulsado el desarrollo y la adopción de herramientas orientadas a incrementar la producción por hectárea. Entre ellas destacan la agricultura de precisión, el monitoreo satelital, la tecnificación del riego, el mejoramiento genético de semillas y el manejo eficiente de los suelos y nutrientes.
En este proceso, los fertilizantes desempeñan un papel relevante. La FAO ha documentado la contribución de estos insumos al incremento de los rendimientos agrícolas durante el último siglo. No obstante, el desafío actual no consiste únicamente en garantizar su disponibilidad, sino también en mejorar su aprovechamiento, reducir las pérdidas y ajustar su aplicación a las necesidades de cada cultivo.
La meta es producir más con menos presión sobre la tierra y el agua. Para ello, la innovación tecnológica debe acompañarse de prácticas agronómicas que permitan conservar la fertilidad del suelo, utilizar los nutrientes de manera eficiente y mejorar la resiliencia de los sistemas agrícolas frente a la variabilidad climática.
Así, la productividad se convierte en un factor estratégico para responder a la demanda de alimentos, al tiempo que se busca contener el impacto ambiental de la actividad agropecuaria.

México: dependencia de fertilizantes e inversiones productivas
México enfrenta desafíos similares. A las limitaciones relacionadas con la disponibilidad de agua y la variabilidad climática se suma la dependencia de fertilizantes importados para abastecer a su sector agropecuario.
De acuerdo con cifras de Data México, durante 2024 las importaciones de fertilizantes superaron los 2 mil 300 millones de dólares. Esta dependencia coloca el suministro de insumos entre los factores relevantes para la competitividad del campo mexicano, debido a la exposición a las condiciones de los mercados internacionales.
En este contexto, diversos proyectos de inversión buscan ampliar la capacidad de producción de insumos para fertilizantes en el país. Entre ellos destacan iniciativas en Sinaloa, Veracruz y Durango, con inversiones millonarias y capacidades proyectadas de cientos de miles de toneladas anuales.
En Topolobampo, Sinaloa, Proman desarrolla un complejo con una inversión estimada de mil 800 millones de dólares y una capacidad proyectada cercana a 800 mil toneladas anuales de materias primas para fertilizantes nitrogenados.
En Veracruz, el proyecto Escolín, impulsado por Petróleos Mexicanos y Mota-Engil México, contempla una inversión estimada superior a mil 500 millones de dólares para una planta de amoníaco y urea, con una capacidad superior a 700 mil toneladas anuales.
Por su parte, Fermaca desarrolla en Lerdo, Durango, el proyecto Fermachem, con una inversión anunciada de aproximadamente mil millones de dólares y una producción estimada de 600 mil toneladas anuales de urea y 100 mil toneladas de amoníaco.
Aunque responden a modelos empresariales distintos, estas iniciativas se inscriben en un mismo contexto: la búsqueda de una mayor disponibilidad nacional de insumos agrícolas y de una menor exposición a las fluctuaciones de los mercados internacionales.
Sin embargo, ampliar la capacidad de producción de fertilizantes es solo una parte del desafío. Su contribución a la productividad del campo también dependerá de la disponibilidad oportuna de los productos, sus costos, el acceso de los agricultores y la eficiencia con la que se utilicen en las parcelas.

Un desafío que trasciende al campo
Las perspectivas demográficas y agrícolas apuntan a que el abastecimiento de alimentos durante las próximas décadas dependerá, en buena medida, de la capacidad para elevar los rendimientos en las superficies cultivadas. Esto no significa que la expansión agrícola vaya a desaparecer, sino que difícilmente podrá ser la única respuesta al crecimiento de la demanda mundial.
La OCDE y la FAO coinciden en sus proyecciones en la importancia de las mejoras de productividad para ampliar la oferta de alimentos. Alcanzar ese objetivo exigirá combinar innovación tecnológica, manejo eficiente de los recursos naturales, acceso a insumos y prácticas agrícolas adaptadas a las condiciones de cada región.
Para México, el reto incluye fortalecer la disponibilidad de fertilizantes y otros insumos, pero también mejorar las condiciones que permitan a los productores traducir esos recursos en mayores rendimientos.
En este escenario, producir más sin sembrar más se perfila como uno de los grandes desafíos de la agricultura mundial. La capacidad de aumentar la productividad sin ampliar proporcionalmente la superficie cultivada será un factor clave para avanzar hacia sistemas alimentarios más eficientes y sostenibles durante las próximas décadas.
