Más de 25.5 millones de usuarios han sufrido interrupciones entre 2019 y 2026; mientras el Gobierno anuncia nuevas inversiones, parte de la infraestructura sigue obsoleta y decenas de proyectos aún no comienzan.
México no se quedó a oscuras una sola noche. El apagón del 31 de agosto en el sureste fue el episodio más reciente de una cadena de interrupciones que, durante años, ha dejado a millones de usuarios sin electricidad y ha trasladado parte del costo del deterioro del sistema a familias, comercios e industrias.
Ese día, más de 745 mil usuarios de Yucatán, Quintana Roo, Chiapas y Campeche permanecieron sin electricidad durante más de seis horas. La Comisión Federal de Electricidad atribuyó la interrupción a la desconexión de dos líneas de transmisión por un presunto acto vandálico.

El episodio pudo haber terminado ahí, como una falla más dentro de un sistema complejo.
Pero las cifras cuentan otra historia.
Entre 2019 y 2026, más de 25.5 millones de usuarios han quedado sin electricidad debido a apagones. El problema, por tanto, no puede explicarse únicamente por un transformador averiado, una línea desconectada o un supuesto acto de vandalismo.
La pregunta de fondo es otra: ¿qué tan preparada está la infraestructura eléctrica mexicana para atender una demanda que crece más rápido que algunos de sus componentes críticos?
Un problema que se paga en casas, negocios y fábricas
Para quienes diseñan y operan el sistema, un apagón puede medirse en megavatios, kilómetros de líneas o capacidad instalada.
Para quienes dependen de la electricidad para trabajar, se mide de otra manera.
Paulina tiene una carnicería en Yucatán de la que dependen más de diez familias. En los últimos tres años ha perdido más de 80 mil pesos en equipos, principalmente por variaciones de voltaje.
Ha gastado además 60 mil pesos en reguladores y tuvo que invertir otros 120 mil pesos en una planta eléctrica para mantener abierto el negocio cuando falla el suministro.
La paradoja es evidente: ante la inestabilidad de un servicio esencial, una pequeña empresa terminó adquiriendo su propia capacidad de generación.
"Deja tú el apagón general, el cambio de voltaje de repente en la oficina parece una fiesta de cómo están los reguladores de sube baja", relata Paulina.
Y añade:
"Si algo le sucede, la comisión ni nadie va a responder. O sea, si hay una baja o una alta y se tronó algo, así como ni modo, pues no es mi responsabilidad".
Su planta no fue adquirida para producir electricidad como parte de un negocio energético. La compró como una forma de protección.
"La inversión que fue de esa planta de luz fue hace tres años, y eso fue pensando por el tema de huracanes", explica.
El equipo funciona con gas y entra en operación segundos después de una interrupción.
"Siento que ha sido de las mejores inversiones que hemos hecho dado que, por ejemplo, los apagones sí nos tocan bastante frecuente", afirma.
La experiencia de Paulina ilustra una consecuencia poco visible del problema eléctrico: cuando el sistema falla, parte de la inversión necesaria para mantener la actividad económica termina trasladándose al usuario.

25.5 millones de usuarios afectados en siete años
Los registros reunidos para esta investigación muestran una recurrencia que difícilmente puede considerarse anecdótica.
Entre 2019 y 2026, los apagones han afectado a más de 25.5 millones de usuarios.
La cifra anual muestra además fuertes variaciones:
2019: alrededor de 500 mil usuarios afectados.

No todos los episodios tienen la misma causa ni representan el mismo problema técnico. Pero la recurrencia sí permite observar una presión persistente sobre el sistema.
Y esa presión tiene un costo económico.
De acuerdo con el Banco Interamericano de Desarrollo, las fallas en el suministro eléctrico generan pérdidas para la industria mexicana de hasta 61 mil millones de pesos, equivalentes al 0.18% del PIB.
El impacto no se limita a las grandes fábricas.
En 2025, una maquiladora del sector automotriz en Sabinas, Coahuila, sufrió una interrupción del suministro que impidió trabajar a sus empleados y afectó incluso el pago de horas extras.
Para una industria, detener una línea de producción no significa simplemente esperar a que regrese la electricidad.
"Una fábrica que maneja plásticos, se va la energía, se solidifica el producto en sus equipos y entonces la limpieza, la pérdida de la materia prima y el tiempo perdido implican pérdidas que pueden ser millonarias", explica Fernando Zendejas Reyes, exsubsecretario de Electricidad de la Secretaría de Energía.
En el sector manufacturero, una sola hora sin electricidad puede representar pérdidas de hasta 200 millones de dólares, mientras que en hoteles y restaurantes las afectaciones pueden oscilar entre 200 mil y tres millones de pesos, según los datos incorporados a esta investigación.
La electricidad existe, pero no necesariamente llega
Aquí aparece una de las claves para entender la crisis.
El problema eléctrico mexicano no consiste únicamente en generar más electricidad.
También hay que transportarla y distribuirla.
México cuenta con aproximadamente 110 mil kilómetros de líneas de transmisión, las grandes redes que trasladan electricidad a largas distancias, y alrededor de 900 mil kilómetros de líneas de distribución, encargadas de llevarla hasta hogares, comercios e industrias.
El problema es que aproximadamente 30% de esa infraestructura es obsoleta.
Según los datos utilizados en esta investigación, de esa infraestructura proviene 98% de las alertas de riesgo del sistema eléctrico.
La consecuencia es relevante: incluso cuando existe electricidad disponible, una falla o una limitación en la red puede impedir que llegue al lugar donde se necesita.
"Es una cuestión de continuidad, continuidad implica las interrupciones; es un problema de confiabilidad, que el sistema no tiene energía suficiente para satisfacer las necesidades de los usuarios, e implica un problema de calidad, que es que la falla eléctrica no eche a perder electrodomésticos", señala Zendejas.
El cuello de botella, por tanto, puede estar en distintos puntos de la cadena.
Generar.
Transmitir.
Distribuir.
Si una de esas tres piezas falla, el usuario termina viendo el mismo resultado: no hay luz.

La demanda crece más rápido que la capacidad máxima utilizada
Los números de demanda y capacidad ayudan a dimensionar la presión.
La demanda máxima -el momento en que el país requiere la mayor cantidad de electricidad- pasó de 46 mil 722 megavatios en 2020 a 52 mil 945 megavatios en 2025.
Es un incremento superior al 13%.
En el mismo periodo, la capacidad de generación pasó de 83 mil 121 a 93 mil 624 megavatios, un crecimiento de poco más de 12%.
Es decir, ambas variables crecieron, pero la demanda máxima lo hizo ligeramente por encima del aumento de la capacidad instalada.

La diferencia no significa, por sí sola, que México se haya quedado sin capacidad de generación en todo momento. Pero sí muestra un sistema sometido a una presión creciente.
Y la presión continuará.
Para 2030 se pronostica una necesidad de alrededor de 410 millones de megavatios-hora, frente a una generación que en 2026 ronda los 354 millones de megavatios-hora.
Ante este escenario, el Gobierno anunció inversiones por 739 mil millones de pesos para atender la demanda eléctrica durante los próximos cuatro años.
El objetivo es incorporar 32 mil 475 megavatios de nueva capacidad.
Pero la ejecución todavía está lejos de completar esa meta.
Hasta ahora, 26 proyectos, equivalentes a 7 mil 228 megavatios, se encuentran en construcción. Otros 25 proyectos están pendientes de iniciar.
El resto de la capacidad prevista para la participación privada tendrá que confirmarse durante los próximos años.
La secretaria de Energía, Luz Elena González Escobar, ha defendido que el 70% de la nueva generación eléctrica que se produzca durante esta administración provendrá de fuentes renovables.
El anuncio apunta a aumentar la oferta.
Pero queda una segunda pregunta: ¿puede la red transportar esa electricidad hasta donde se necesita?

244 mil millones de pesos para una red que todavía espera
Para fortalecer transmisión y distribución, el Gobierno anunció otros 244 mil millones de pesos.
Son 66 proyectos.
El dato que llama la atención es otro: ninguno había iniciado todavía su ejecución al momento considerado en esta investigación.
La diferencia entre anunciar capacidad y construirla es fundamental.
Una central eléctrica puede aumentar la generación disponible, pero si la red de transmisión está congestionada o la infraestructura de distribución no tiene capacidad suficiente, esa electricidad no necesariamente resuelve el problema del usuario final.
Zendejas lo resume así:
"El problema es que el presupuesto público es limitado y esta idea de ya con eso, pues en realidad no. Suelen ser paliativos, inversiones iniciales, un poco reactivas, pero no está creciendo la capacidad de generación, tampoco en transmisión y distribución".
La infraestructura, además, ya está afectando decisiones de inversión.
El 91% de los parques industriales ha sufrido fallas eléctricas; 38% opera con menor potencia y siete de cada diez proyectos industriales están detenidos por falta de energía, de acuerdo con los datos incorporados a esta investigación.
En zonas como Yucatán y Baja California, el problema de capacidad es particularmente persistente. Pero también aparece en regiones industriales del centro del país.
"Las dos penínsulas están en un problema permanente, Yucatán y Baja California, pero también en zonas céntricas como Querétaro, donde hay falta de capacidad en transmisión", explica Zendejas.
El problema puede aparecer incluso antes de que una fábrica comience a operar.
Empresas que ya compraron terrenos y cuentan con parques industriales pueden encontrarse con que la infraestructura eléctrica disponible no tiene capacidad para conectarlas.
Yucatán y Sonora: dos apagones, una misma vulnerabilidad
El 31 de agosto, el sureste volvió a experimentar una interrupción masiva.
Semanas antes, entre el 25 y el 26 de junio, Hermosillo había vivido otro episodio.
La salida de operación de un transformador de la subestación Rolando García Urrea dejó sin electricidad a 120 mil usuarios de 36 colonias.
Miles de familias permanecieron hasta 27 horas sin luz, mientras las temperaturas alcanzaban 45.5 grados Celsius.
La interrupción también tuvo consecuencias económicas.
La Canacope de Hermosillo calculó pérdidas de aproximadamente 11 millones de pesos para micro y pequeños negocios.
El episodio ocurrió apenas un día después de que el Gobierno anunciara que el sistema eléctrico mexicano estaba garantizado y presentara nuevas inversiones para fortalecerlo.
La coincidencia temporal no demuestra por sí misma una contradicción técnica. Pero sí expone la distancia que puede existir entre la promesa de un sistema fortalecido y la experiencia concreta de quienes dependen de él.
La presidenta Claudia Sheinbaum ha rechazado que estos episodios representen necesariamente un problema generalizado de generación.
"Más que ?apagones? ?porque apagones son mucho tiempo y significa falta de capacidad de generación?, son interrupciones en el servicio en algunos lugares, producto de las fallas en distribución, más que en generación", sostuvo.
Y añadió que el Gobierno trabaja con la CFE para fortalecer las líneas de distribución.
La distinción técnica importa.
Pero para el usuario final existe una continuidad entre ambas cosas: si la generación está disponible pero la red no puede entregarla, el resultado sigue siendo una interrupción del servicio.
Una red que sostiene a un país cada vez más electrificado
El crecimiento de la demanda no es una anomalía.
La población aumenta, las ciudades se expanden, la industria requiere más electricidad y nuevos proyectos productivos necesitan conectarse al sistema.
Por eso el desafío no puede resolverse con una sola obra ni con una sola cifra de inversión.
México necesita generar suficiente electricidad.
Necesita transportarla a través de largas distancias.
Y necesita distribuirla de forma confiable hasta el consumidor final.
El problema es que cada una de esas etapas requiere infraestructura, mantenimiento, inversión y capacidad de ejecución.
La experiencia de Paulina muestra lo que sucede cuando esa cadena falla en el último eslabón.
Ella sigue pagando su recibo de electricidad. Pero también pagó 80 mil pesos en equipos dañados, 60 mil en reguladores y 120 mil en una planta eléctrica para poder seguir operando.
"Sí da coraje porque dice: yo estoy pagando por un servicio, estoy cumpliendo y todo, y sí considero que muchas veces es deficiente. Sí creo que no se dan abasto, sí creo que no hay la energía suficiente para poder abastecer a la población", dice.
El sistema eléctrico mexicano no se mide solamente en megavatios instalados ni en kilómetros de líneas construidas.
También se mide en las horas que una familia permanece sin aire acondicionado a 45 grados, en una fábrica que detiene su producción, en un restaurante que pierde mercancía o en un pequeño negocio que tiene que comprar su propia planta para poder continuar abierto.
El desafío, finalmente, no consiste únicamente en producir más electricidad.
Consiste en conseguir que toda esa electricidad llegue, cuando se necesita y con la calidad necesaria.
Porque detrás de los 739 mil millones de pesos anunciados, de los 244 mil millones destinados a infraestructura y de los miles de kilómetros de redes hay una pregunta mucho más sencilla ?y mucho más difícil de esquivar?:
¿cuánto tiempo más podrá crecer la economía mexicana con una red eléctrica que todavía no logra garantizar de manera consistente lo más básico: que al encender un interruptor haya luz?