Inicio de una festividad viva en el Istmo, el Xandú
Cultura

Inicio de una festividad viva en el Istmo, el Xandú

Por: Noe Nolasco
Salina Cruz
Fecha: 30-10-2026

Este 30 de octubre marca el inicio oficial de una de las tradiciones más bellas y profundas de Oaxaca, el Xandú.

Con la llegada de esta fecha, las comunidades del Istmo de Tehuantepec abren las puertas de sus hogares para recibir las primeras almas de sus seres queridos difuntos. A diferencia de las celebraciones nacionales que se extienden hasta noviembre, el misticismo zapoteca arranca formalmente este día con un ambiente de respeto, memoria viva y una hospitalidad comunitaria única en la región.

El inicio de la festividad el 30 de octubre se dedica especialmente a la memoria de los niños fallecidos, mientras que el día posterior se reserva para los adultos. Las familias han culminado los minuciosos preparativos para montar el Biguie? o los altares, vistiendo las casas con el aroma del cempasúchil y el copal. A partir de hoy, los hogares se transforman en santuarios de reencuentro, listos para compartir alimentos y rezos con vecinos y visitantes en una muestra de identidad colectiva.


El significado profundo para el Istmo


Para los habitantes de la región istmeña, el Xandú no es un festejo de panteones ni de desfiles urbanos; representa un espacio sagrado e íntimo de reencuentro familiar. Se cree firmemente que durante estas fechas las almas de los seres queridos reciben un permiso divino para regresar a la Tierra y convivir con los vivos dentro de sus antiguos hogares. 

La festividad se rige bajo códigos comunitarios muy específicos:

? El Xandú Yaá (Primer Xandú): Es el primer altar que se le dedica a una persona que falleció durante el año en curso. Existe una regla estricta: si el familiar fallece menos de tres meses antes de la celebración, "no tiene permiso" de venir, por lo que su Xandú Yaá se pospone hasta el año siguiente. 

? El Biguie?: A diferencia de los altares escalonados mestizos, el Biguie? es una estructura cuadrangular de ramas de jaguar (o madera) sujeta al techo, tapizada con flores de cempasúchil (guie' biguá), cordoncillo y frutas tropicales como plátano, coco y piña. esta configuración es una herencia directa del antiguo calendario religioso zapoteca. 


Lo que se hace el 30 de octubre: El recibimiento de los niños

A partir de hoy, 30 de octubre, la festividad arranca formalmente con la llegada de las almas de los niños y las oraciones dedicadas a los difuntos infantes. Desde las primeras horas del día, las familias istmeñas terminan de aromatizar las casas con incienso de copal y encienden las primeras ceras para guiar el camino de los pequeños. Los altares en esta fecha se llenan de colores claros, dulces tradicionales, juguetes, pan de muerto de dimensiones pequeñas y frutas frescas, adaptando toda la ofrenda para la pureza de las almas infantiles.

Durante esta jornada, los hogares abren sus puertas de par en par a la comunidad. Los vecinos y familiares de otras secciones del pueblo comienzan a recorrer las casas para visitar los altares y elevar plegarias por los niños de la familia. Como muestra de agradecimiento por el rezo y la compañía, los anfitriones reparten entre los asistentes los primeros tamales de la temporada, chocolate caliente, dulces y piezas del pan tradicional, iniciando así el ciclo de convivencia y reciprocidad comunal.


Lo que se hace el 31 de octubre: La llegada de los adultos

El 31 de octubre la celebración se transforma para recibir a las almas de los adultos, el grupo más numeroso de difuntos venerados en la región. Durante este segundo día, la actividad en las viviendas se intensifica de manera notable con rezos continuos y cantos solemnes que se extienden desde la tarde hasta la noche. Los altares se complementan con los platillos que en vida preferían los familiares recordados, incorporando mole negro, tamales de iguana o pollo, mezcal, cigarros y el emblemático pan de muerto rectangular con decoraciones de azúcar.

La noche del 31 de octubre representa la máxima expresión de la hospitalidad istmeña y la consolidación del tejido social zapoteca. Las casas lucen abarrotadas de personas que entran a presentar sus respetos ante los imponentes altares familiares sin necesidad de una invitación formal. A cada visitante se le ofrece una porción abundante de comida, bebidas y se les permite compartir anécdotas del difunto, transformando la memoria de los ancestros en una auténtica fiesta de identidad regional que sostiene la economía de los mercados locales y la vigencia de sus costumbres.

Importancia cultural, social y económica

El Xandú es un motor de la comunalidad istmeña. Las casas abren sus puertas de par en par a vecinos, amigos y extraños. Todo aquel que entra a presentar sus respetos y rezar ante el altar recibe tamales de iguana o de pollo, café, mezcal y pan de muerto. 

La celebración funciona como un escudo contra la aculturación y la comercialización. Al mantener vivas las oraciones en lengua zapoteca y la gastronomía tradicional, las nuevas generaciones preservan su cosmovisión y el respeto a la memoria ancestral



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