Hay quienes dicen que lo que es para uno es para uno. María Esthela Cruz lo supo desde niña, aunque entonces no lo hubiera puesto en palabras
EL DESTINO QUE LA ACERCO AL TELAR
Tenía once años y una certeza: no quería pasar la vida en las labores del campo, el destino que la tradición parecía reservarle. Lo que no tenía todavía era el camino. Se lo mostró un letrero.
En un taller de tapetes de Temoaya se buscaban aprendices. La edad mínima era de quince años. A ella le faltaban cuatro. María no dudó: dijo que los tenía. Fue una mentira piadosa, de esas que la vida perdona cuando la verdad todavía no alcanza y el sueño ya no puede esperar. Así entró al oficio que, décadas después, sigue definiendo quién es.

Temoaya es tierra de tapetes anudados a mano, una tradición otomí que convierte la lana en paisajes, símbolos y memoria. María Esthela aprendió ahí, entre telares y madejas
Pero el camino no fue sencillo. Las adversidades llegaron desde el principio, y no se fueron cuando decidió independizarse del taller donde se formó. Entonces apareció alguien. Un cliente, uno solo, que llegó en el momento justo y fue, en sus palabras y en los hechos, como un salvavidas.
De ese impulso nació Chicastti, el taller que hoy lleva su sello. El nombre, en otomí, significa "María", y está lleno de simbolismo: es el nombre de la artífice de un sueño que comenzó cuando tenía once años y que, contra todo pronóstico, no se apagó.

En sus grabados, María Esthela plasma su filosofía de vida. Cada figura que teje tiene un rasgo que no es casual: mira hacia el horizonte. Para ella, esas siluetas están perfiladas hacia el mundo entero, igual que su deseo de llevar el arte otomí más allá de Temoaya, más allá del Estado de México, más allá de las fronteras.
Cada tapete es así una declaración: lo que se hace con las manos de una comunidad puede viajar tan lejos como la mirada se atreva a llegar.