Las calles del sur del Estado de México siguen luciendo como las postales que atraen visitantes: bugambilias, fachadas encaladas, tejados rojos, mercados con fruta en pirámide. Pero basta recorrerlas a media mañana para notar lo que no sale en las fotos. Entre un local abierto y otro hay una cortina metálica abajo, con el óxido de quien lleva meses sin levantarse.
CORTINAS ABAJO
Ya nadie se detiene a mirarlas. Esa es quizá la peor señal: las cortinas cerradas pasaron de ser una excepción a formar parte del paisaje, igual que el semáforo o la banca de la plaza.
La extorsión en el sur del Estado de México no es un hecho aislado. Municipios como Tlatlaya, Tenango del Valle, Amatepec, Tejupilco, Luvianos, Sultepec, Temascaltepec, Valle de Bravo e Ixtapan de la Sal figuran entre los más afectados. El cobro de "derecho de piso" alcanza a comercios, carnicerías, tortillerías, tlapalerías y productores.
La mecánica se repite de un municipio a otro. Primero llega alguien a preguntar quién es el dueño. Luego viene el recado, a veces amable, a veces no, de que ahora hay una cuota y de que "es por la seguridad". La cantidad cambia con el tamaño del negocio, pero el mensaje es el mismo: se paga o se atiene a las consecuencias.
La extorsión sistemática de grupos criminales en la zona sur del estado ha obligado al cierre masivo de negocios, locales y tiendas, ante lo que los comerciantes perciben como inacción de las autoridades. Quienes se niegan a pagar suelen enfrentar consecuencias que van escalando: atentados incendiarios contra el local, secuestros exprés o la presión de abandonar tierras y patrimonio de toda la vida.

Hay quien aguanta años y quien cierra la primera semana. Y quien cierra casi nunca lo anuncia. No hay letrero de "gracias por su preferencia", no hay despedida en redes. Un día la cortina no se levanta, y a la semana el vecino de enfrente ya sabe por qué sin que nadie se lo diga.
Detrás de cada local hay una rutina que se volvió riesgo: abrir temprano, quedarse a cerrar, contar la caja con la puerta entreabierta. Lo que durante décadas fue el patrimonio de una familia, y también su lugar seguro, hoy se vive con la vista puesta en la calle.
Las familias de la zona hablan en pasado de los días en que emprender era solo cuestión de madrugar. Cuando se podía abrir una miscelánea sin preguntarse quién iba a pasar a cobrar, y dejar mercancía afuera sin vigilarla. Esa memoria hoy funciona como una forma de duelo.