En los talleres de Temoaya todavía se escucha el golpe seco del peine contra el telar. Pero cada vez hay menos lana que anudar. Lo que durante generaciones fue orgullo y sustento de familias otomíes hoy se sostiene con lo que queda en las bodegas.
LA PANDEMIA PUSO EN JAQUE EL OFICIO
Durante años, los productores de tapetes otomíes de Temoaya tuvieron una fuente confiable de materia prima: la Fábrica San Idelfonso, en Villa Nicolás Romero. De ahí salía la lana, y también sus teñidos, esa gama de colores que da identidad a cada pieza.
Tras la pandemia, la fábrica cerró operaciones. Con ella desapareció el proveedor que durante décadas abasteció a los artesanos, y los productores que dependían de él quedaron a la deriva. Lo que parecía una crisis pasajera se transformó en una amenaza para la continuidad misma del oficio.

Distintos proveedores nacionales les han ofrecido su lana como reemplazo. Sin embargo, el material no alcanza la calidad.
Del otro lado del mundo también llegó una oferta: productores de Nepal, cuya lana tiene reconocimiento en la elaboración de tapetes, se han acercado para ofrecer su material. Pero los trámites y complicaciones aduaneras elevan el costo hasta triplicarlo.
TELARES EXISTEN PORQUE RESISTEN
El resultado es una paradoja amarga: hay lana en el mundo, pero no hay lana para ellos.
Las consecuencias ya se ven en los talleres. La producción se ha reducido hasta en un 50 por ciento. Donde antes había telares ocupados de forma constante, hoy hay pausa.

De momento, los artesanos trabajan con el material sobrante que les dejó el cierre de la fábrica.
Ellos mismos lo dicen sin rodeos. Hablan de su oficio con orgullo, el de una tradición otomí que han mantenido viva con las manos, pero son sinceros al mirar al futuro: su permanencia está en riesgo.