Ha transcurrido casi un año desde la muerte de Carlos Gurrola Arguijo, conocido cariñosamente como "Papayita". A la fecha, su madre, María del Pilar Arguijo, y su padre, Humberto Gurrola, ambos adultos mayores, siguen sin saber con certeza qué ocurrió y tampoco han recibido las indemnizaciones que, aseguran, les corresponden por ley.

"El mejor hijo"
Carlos era el segundo de tres hijos: una mujer y dos hombres. Vivía con sus padres en el ejido La Concha, municipio de Torreón. Era el principal sostén de su familia y, para ellos, la alegría de la casa. Lo recuerdan como un hombre noble, trabajador y siempre dispuesto a ayudar.
"Era el más buena gente de mis otros dos hijos y más noble, señorita. Yo qué le puedo decir, que no me faltaba nada con mi hijo. Todo me tenía. ¿Qué podía faltarme que yo no dijera y él viniera en la noche con lo que a mí me gustaba?", dice su mamá.
Carlos no solo aportaba económicamente al hogar. Su presencia también llenaba de vida la casa de sus padres. Después de largas jornadas de trabajo, solía llegar por la noche en su bicicleta bailando.
"Él llegaba con su bicicleta a las 11 de la noche, con las cositas de aquí de sus oídos, oyendo música, y a baile y baile hasta con la bicicleta. Sus músicos preferidos eran La Pobreza. Inclusive, cuando se murió, vinieron a dejarle su corona y su ramo de flores a él", recuerda su padre.
Carlos trabajaba en la tienda HEB, subcontratado por la empresa Multiservicios Rocasa. Su familia considera que su disposición para trabajar y su carácter noble fueron aprovechados.
Su jornada comenzaba desde antes del amanecer. Se levantaba a las 4 de la mañana para almorzar y salir hacia la tienda antes de que hubiera tanto tráfico. A las 11 regresaba a casa para comer y a la 1 de la tarde volvía al trabajo. No lo veían nuevamente hasta cerca de las 11 de la noche.
A esas largas jornadas se sumaba, según sus padres, la falta de días de descanso.
"No tenía días de descanso. Como dos o tres meses sí tuvo un día, un viernes, pero ya después fue todos los días, todos los días, porque le decían que no había personal (...) Le decían: Tienes que trabajar horas extras, vas a trabajar hasta el domingo, y él se iba los domingos. A veces se iba de malas, enojado, porque no quería ir".
En la tienda, Papayita se encargaba de lavar los baños y barrer el estacionamiento. Pero también ayudaba a los clientes a cargar sus compras.
"Había personas que le decían: Carlitos, ¿no nos ayudas a subir el mandado?. Sí, cómo no, señora. Y les echaba el mandado, les acomodaba el mandado en los carros de las personas. "Y ya le daban una monedita o, en veces, un billete de a 20".
Pero no todos correspondían a su trato afable. Sus padres aseguran que algunos de sus compañeros llegaron a maltratarlo y que incluso le ponchaban la bicicleta o la utilizaban sin su permiso.
"A veces se venía a las 12, señorita. Pero donde le ponchaban su bici, se la agarraban los mismos guardias para ir a comprar comida o cualquier cosa, para darse la vuelta los condenados guardias. Incluso un guardia lo maltrató mucho porque él le reclamó que para qué le agarraba su bici", recuerda su madre.

Los hechos
El 31 de agosto de 2025, la rutina de Carlos cambió. Ese día, según el relato de su madre, Papayita dejó un electrolito en el lóquer. Salió al estacionamiento para trabajar y después regresó por la bebida. La tomó y poco después comenzó a sentirse mal.
"Luego les habló a las cajeras para que le dieran auxilio y le dieron leche. Si los de HEB hubieran estado allí, como dicen que lo querían mucho, señorita, me le hubieran dado auxilio. Allí estaba una clínica, lo hubieran metido allí", dice su madre.
Horas después, la familia recibió una llamada de la tienda. Les informaron que Carlos había sufrido un accidente y pidieron que acudieran para llevarlo al Seguro. María del Pilar no se encontraba en casa ni cerca de la tienda en ese momento.
"Y mi nieta me quitó el celular. Les dijo: Se supone que allí hay médicos. Y dijo ella: Sí, pero ahorita no están trabajando porque ya es sábado".
La llamada ocurrió alrededor de las 6:30 de la tarde, mientras que el incidente, según la familia, había sucedido aproximadamente a las 3:30.
"Fue mucho tiempo. ¿Cómo no le hablaron a la Cruz Roja, señorita? ¿Por qué? Porque les iba a ir mal, señorita. No le hablaron a la Cruz Roja ni a nadie", dice su madre.
En el Seguro no lo atendieron sino hasta alrededor de las 7:30 de la noche porque no llevaba la credencial. La atención comenzó cuando llegó su madre.
El médico que lo recibió le informó que sería internado en el Hospital General de Zona Número 16. Para entonces, Carlos todavía pensaba que podría regresar a casa.
"Entonces mi hijo me dice: Mami, ya vámonos para mi casa, ya me siento bien. Dije: ¿Cómo te sientes bien? Ya no te duele aquí tu garganta, como decías?. No, mami. Entonces me dijo: Tengo mucha sed. Ahí fue donde yo ya lo vi, que se empinó la botella y se le salía el agua por aquí por los lados. ¿Por qué? Porque ya no la pasaba, señorita. Y ya estaba todo quemado, mi hijo".
Aunque quiso quedarse a su lado, el personal médico le dijo que no podía, que era mejor se quedara alguien más. Se quedó su hija. Antes de separarse, Papayita le hizo una petición a su madre. "No llore, mi cabecita de algodón". Ella se lo prometió, pero no pudo cumplirlo. Se fue del Seguro Social con el corazón hecho pedazos. Sin embargo, durante la madrugada recibió una llamada para que regresara. Los médicos necesitaban su firma para intubarlo.
"Yo gritaba con alma y vida: ¿Por qué, Dios, por qué me pasa esto a mí? Si yo todo el tiempo te hago tus reliquias. Señor, ¿por qué me pones esta prueba tan grande que yo no merezco? Dime qué hago, hija, díganme qué hago? Y mi hija me decía: Ve a firmar, mami. Ve a firmar porque mi hermano se está ahogando".
Carlos no quería ser intubado. Su madre dice que presentía que no regresaría a casa. "Y todavía me agarraba de la mano y me decía: No, que no, que no me saliera. Pero los guardias me echaron para fuera. Le dije: Mira, ya te van a arreglar aquí. Pero es que yo no quiero que me intuben, me decía. Le respondí; un tubo chiquito, mi amor, para consolarlo: es un tubo chiquito, mi amor, no más pones el tubo para que puedas respirar. Está bien, nada más porque ya no puedo, me dijo."
En ese momento, ella intentó tranquilizarlo y le hizo una pregunta. Dije: "¿No estás enojado conmigo?". Dijo: "No, mami, yo nunca me voy a enojar contigo".
Después de aquel momento, comenzó un periodo que para la familia se convirtió en un tormento. Carlos fue trasladado a la Unidad Médica de Alta Especialidad Número 71. Papayita resistió 18 días, pero no volvió a despertar. Su madre cree que durante ese tiempo se aferró a la vida por ellos, por su padre y por ella.
"Sí, que nos íbamos a quedar solos y desamparados porque él nos cuidaba".

Un año sin él
La ausencia de Carlos se hizo evidente en cada espacio de la casa. Su madre todavía entra a su cuarto y enfrenta el vacío que dejó.
"Ay, es muy duro, señorita. Muy duro porque yo entro a su cuarto y ya no lo veo acostado en su cama. Para mí es un martirio entrar a su cuarto. A nadie ni a mi peor enemigo se lo deseo, porque es un dolor muy grande. Es que mi hijo era todo para nosotros, todo lo que Dios le daba nos lo acarreó".
Para María del Pilar, también permanece el recuerdo de lo que ocurrió con su hijo y el sufrimiento que padeció antes de morir. "Ese que le cambió la bebida a mi hijo. Es muy malo. No más que al cabo, el karma existe, porque no se valía que mi hijo sufriera tanto para irse".
Sin indemnización, finiquito ni incapacidad
A casi un año de la muerte de Carlos Gurrola, sus padres aseguran que no han recibido indemnización. Tampoco han cobrado las incapacidades de Papayita correspondientes al periodo en que permaneció internado en el IMSS ni la prestación de los servicios funerarios, ni lo correspondiente al Infonavit.
Su padre y su madre desconocen en qué estado se encuentra el trámite. Sus padres señalan que un abogado les pidió toda la documentación, pero que hasta ahora no les ha explicado cuál es la situación del procedimiento.
Además, HEB les entregó los videos correspondientes a ese día. Sin embargo, sus padres sostienen que el material está incompleto. La Fiscalía tampoco les informó en qué terminó la investigación. La autoridad, no obstante, declaró públicamente que no hubo delito que perseguir.
A un año de su muerte, su familia sigue esperando respuestas y justicia. Su madre llora todos los días, su padre aguanta, hasta ahora, no hay consecuencias por lo ocurrido. Para ellos, Carlos no solo murió sin que se esclarecieran plenamente los hechos: también sienten que las instituciones les fallaron y que un sistema entero terminó cerrando las puertas a la justicia que siguen reclamando.