La ausencia es la que duele y hace más difícil la existencia para los padres de Carlos Gurrola Arguijo, "Papayita". Ha transcurrido un año desde su muerte, ocurrida después de permanecer 18 días hospitalizado tras ingerir una bebida en su centro de trabajo.

Acudí a buscar a su padre y a su madre para saber más sobre el caso, a un año de la tragedia: si las autoridades o la empresa habían respondido, si habían recibido algún apoyo y cómo habían enfrentado estos meses sin su hijo.
Fui hasta el ejido La Concha, en Torreón, donde viven. En los ejidos las personas se conocen y, cuando pregunté por ellos, de inmediato me dieron la ubicación de su casa.
Toqué la puerta, pero no estaban. Me quedé un rato esperando afuera, dentro del carro rotulado de la empresa. Al poco tiempo se acercó un automóvil.
-¿Viene a buscar a los papás de Papayita? -me preguntaron.
-Sí, pero creo que no están.
-Están aquí a la vuelta, esperando el camión. Van al Seguro.
-Si los alcanzo, yo los puedo llevar -respondí.
La verdad, no creí alcanzarlos. Era la una de la tarde y el sol era abrazador. Pero ahí estaban. Llegué hasta donde se estacionó el vecino, quien les decía a los padres de Papayita que yo los estaba buscando y que podía darles raite. Aceptaron.
Humberto Gurrola, el padre de Carlos, me explicó que estaban esperando un taxi a la intemperie, bajo el sol. No había otra opción: no saben utilizar aplicaciones como Uber y don Humberto no puede subir a los camiones porque está enfermo de los pies. Aun así, aguantó para acompañar a su esposa, María del Pilar Arguijo.
Ella me contó que tenía una cita con un médico particular, al que visita cada mes por sus padecimientos, porque el medicamento que le recetan en el Seguro Social le hace daño.
Les expliqué el motivo de mi visita y aceptaron la entrevista, pero en ese momento la prioridad era la cita con el doctor.
-¿Y cómo han estado? les pregunté para sacar plática. Cuando María del Pilar comenzó a hablar de Papayita, rompió en llanto. Ya no hablamos del tema.
Llegaron a su destino y me dijeron que otro día, con gusto, platicaríamos, pues aprovecharían la salida para comprar algunas cosas que les hacían falta.
Regresé cuatro días después.
"Era el más noble de mis tres hijos"

Su casa tiene un terreno amplio y lleno de árboles. Hay unos cerditos y aves de corral, que crían. Es humilde, pero acogedora. Lo primero que veo al entrar es un altar.
-Se lo puse a mijo, con las cosas que a él le gustaban -dice su madre-. Todos los días me levanto y vengo aquí a platicar con él, hasta que ya no puedo.
Los dos son adultos mayores. Me cuentan que Carlos era el segundo de tres hijos: dos hombres y una mujer. Era, dicen, el más noble de los tres y también su sostén.
-¿Cómo era Carlos? -le pregunto.
-Ay, muy buena gente, señorita. El más buena gente de mis otros dos hijos y más noble, señorita. Yo, ¿qué le puedo decir? Que no me faltaba nada con mi hijo. Todo me tenía mijo.
Hace una pausa y continúa:
-¿Qué podía faltarme que yo no dijera y él viniera en la noche con lo que a mí me gustaba? Todo me acarreaba, señorita. Y en la noche llegaba y se comía unos huevos estrellados, señorita. Por eso, cuando yo hago huevos estrellados para mi esposo, hasta parece que lo estoy viendo a mi hijo, que está comiendo.
Desde que murió Carlos, ella no puede comer ese platillo.
Platica que todos los días, su hijo se levantaba a las cuatro de la mañana para desayunar y después irse a trabajar. Su madre lo acompañaba hasta la carretera y lo veía alejarse hasta que su figura desaparecía en la distancia.
-Me salía y lo encaminaba hasta la carretera y me decía: "Ya vete, amá. Yo me voy en la bici". "No, hijo", "No te vayas a caer, amá". Siempre hacía como que me venía para la casa, pero me devolvía y lo miraba, al monito que iba caminando en la bici.
Cuando Carlos regresaba, todo era alegría.
-Él llegaba contento. Llegaba con su bicicleta a las 11 de la noche, con sus cositas de aquí, de sus oídos, oyendo música, y a baile y baile, hasta con la bicicleta. Le gustaba mucho la música -recuerda su padre.

Una persona querida y popular
Dice además que en el ejido, Carlos era muy popular.
-Era famosísimo mi hijo. Dondequiera andaba aquí en el Rancho, andaba en la bicicleta.
Las personas le pedían favores, como ir a la tienda a comprar alguna cosa, y a cambio le daban una propina.
-Era muy noble, no era malvado, nada -dice su padre.
También recuerdan que jugaba mucho con sus sobrinos y con otros niños y niñas del ejido.
Pero, además de ser querido, Carlos era quien sostenía económicamente a sus padres.
-Cada ocho días me daba mi raya y, aparte, me traían mandado; por decir, mire: huevo, aceite, papas, tomate, chile, cebolla. Todo me acarreaba mi hijo. Y entre semana, con lo mismo que le daban las personas cuando subía el mandado, me traía los galones de leche, los jugos, el pan -recuerda su madre.
-A mí no me faltaba nada con mi hijo, porque mi hijo era muy noble. Yo no tenía hambre porque mi hijo todo me acarreaba -agrega.
Ahora sobreviven con la pensión que les otorga el Gobierno Federal. Además, don Humberto cuida una propiedad y recibe por ello un pago módico.

Conservan sus cosas
Sentados a la mesa, el padre y la madre me cuentan que todavía conservan las cosas de Carlos.
Su madre dice que casi no entra a su cuarto, pero aun así nos permite grabar.
Entrando está su cama, y sobre ella una sudadera verde.
La toma entre sus manos y comienza a llorar.
-Era la favorita de mi hijo -dice.
La televisión y el ventilador tienen bolsas encima. Su madre quiere conservarlas. Tres bicicletas permanecen apiladas. Hasta su cartera sigue intacta.
La mamá dice que no quiere gastar el dinero que Carlos dejó en ella porque siente que él podría molestarse: se lo ganó trabajando duro.
-Es muy duro, señorita, muy duro, porque yo entro a su cuarto y hago de cuenta que lo veo acostado en su cama. Es un martirio. Ese era su cuarto. Para mí es un dolor muy grande -dice la madre.
María del Pilar también habla de sus súplicas a la Virgen de San Juan, de quien es devota. Le pedía que salvara a su hijo y le prometió que iría hasta su templo, en Jalisco, pero Carlos no sobrevivió.

Dice que a veces siente su presencia.
Incluso algunos vecinos le han contado que lo han visto de madrugada, barriendo afuera de HEB, donde trabajaba subcontratado por la empresa Multiservicios Rocasa y donde Carlos consumió la bebida que terminó con su vida.
Le pregunto por la indemnización, por algún apoyo y por el resultado de las investigaciones de la Fiscalía.
Dicen que no saben nada.
Nos despedimos con la promesa de volver a vernos, si ellos lo quieren. Dicen que sí, pero en estas fechas no. Entiendo.
Ha sido un año difícil. Esta semana lo ha sido todavía más, sobre todo este día. Carlos cumple un año de ausencia, sus padres siguen sin saber cómo ni por qué ocurrió lo que terminó con su vida. Solo saben, dicen, que Carlos no lo merecía. Y que tampoco ellos merecían aprender a vivir sin él.